Caritas Buenos Aires

Bocados de Ánimo: “Anciano niño” (Meditación – 11º semana)

Querido hijo:
Pensé que la vida era injusta, pero ahora que me voy poniendo viejo, reconozco que aprendí a ser hijo, cuando fui tu padre, y comprendí a papá, tu abuelo; después cuando me hiciste abuelo, aprendí a ser padre, y te comprendí a ti, hijo ¿recuerdas cómo te enojabas conmigo por concederle a mi nieto lo que no te permití a vos, cuando eras niño?
Siento que mi cuerpo se va poniendo viejo y mi memoria me comienza a fallar, es por eso que, antes de que sea tarde, quise escribirte:
El día que me veas mayor y ya no sea yo, ten paciencia e intenta entenderme, me he vuelto niño y deberás intentar verme no como tu padre, sino como si fuera tu hijo.
Cuando, comiendo, me ensucie; cuando no pueda vestirme: ten paciencia. Recuerda las horas que pasé enseñándotelo, cuando eras niño. Lo hice en su momento para que hoy lo hicieras conmigo.
Si cuando hable contigo, repito las mismas cosas, mil veces, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño, a la hora de dormir, te tuve que contar mil veces el mismo cuento hasta que te llegara el sueño.
No me avergüences cuando no quiera ducharme, ni me riñas. Recuerda cuanto tenía que perseguirte y las mil excusas que inventaba para que aceptaras bañarte.
Cuando veas mi ignorancia sobre las nuevas tecnologías, te pido que me des el tiempo necesario y no me mires con tu sonrisa burlona. Te enseñé a hacer tantas cosas. Comer bien, vestirte, Y como afrontar la vida. Muchas cosas son producto del esfuerzo paciente y la perseverancia de los dos.
Cuando en algún momento pierda la memoria o el hilo de nuestra conversación, dame el tiempo necesario para recordar. Y si no puedo hacerlo, no te pongas nervioso, seguramente lo más importante no era la coherencia de mis argumentos, sino que quería era estar contigo y que me escucharas, como cuando tú eras niño, diciendo cosas incoherentes.
No debes sorprenderte que recuerde con más facilidad hechos o nombres de mi infancia, en lugar de lo que sucedió hace 5minutos, pues cuando llega el otoño de la vida, la sabia se vuelve a los recuerdos enterrados en las raíces.
Si llega el momento en que no controle mis esfínteres, no me retes, ni te fastidies. Recuerda cuántas veces he tenido que lavarte, antes de cambiarte los pañales, pues te habías hecho encima. Si llego a necesitar un papagayo o la chata, recuerda que yo te perseguía para que hicieras en la pelela.
Si alguna vez no quiero comer, no me obligues. Conozco bien cuando lo necesito y cuando no. Si mis manos tiemblan o mis dientes ya no están y me ensucio al comer, recuerda que viniste al mundo sin ellos y hasta que te salieran, yo debí alimentarte a papilla y reírme de tus enchastres.
Si me caigo o mis piernas cansadas no me dejen caminar, dame tu mano amiga de la misma manera en que yo lo hice cuando tú diste tus primeros pasos. Recuerda mi paciencia cuando lo único que tú querías era que te hiciera upa y yo accedía, a pesar de que volvía cansado del trabajo. Si llego a necesitar silla de ruedas, ten paciencia al llevarme, como cuando te enseñé a conducir tu bicicleta sin rueditas, corriendo a tu lado hasta que lograste el equilibrio y debía llevar la bici a todos lados.
Y cuando algún día te diga que ya no quiero vivir, que quiero morir, no te enfades. Ya entenderás que esto no tiene nada que ver contigo, ni con tu amor, ni con el mío. Simplemente me he vuelto un niño dependiente, con momentos de lucidez de adulto y eso me sirve sólo para sentirme una carga. Intenta entender que a mi edad ya no se vive, sino que se sobrevive.
Si con el paso del tiempo, ves que paso de niño a bebé, por mi regresión o deterioro, como quieras verlo, no dudes en confiarme a una persona o lugar que me puedan cuidar, pues tú tienes tus obligaciones. Sólo recuerda que cuando yo debí dejarte en la guardería, mientras trabajaba, luego, te pasaba a buscar, para volver a casa, es por eso que lo único que te pido que si debes hacerlo, ¡no dejes de visitarme!
Algún día descubrirás que, pese a mis errores, siempre quise lo mejor para ti y que intenté preparar el camino que tú debías hacer. Llegamos a este mundo y nos vamos de él, dependientes y vulnerables como niños.
Tengo en mi corazón la tranquilidad de haberte dado más de lo que yo recibí de mis padres, tus abuelos, pero con humildad acepto que no te di todo lo que vos necesitabas y hasta en eso dependo de tu comprensión. No debes sentirte triste, enfadado o impotente por verme de esta manera. Debes estar a mi lado, intenta comprenderme y ayúdame como yo lo hice cuando tú empezaste a vivir.
Ahora te toca a ti acompañarme en mi duro caminar. Ayúdame a concluir mi camino, con amor y paciencia. Yo te pagaré con una sonrisa y con el inmenso amor que siempre te he tenido.
Si tengo miedos, sólo dame tu mano, es que uno vino a éste mundo, por medio de un parto, causando dolor a la mujer amada que lo recibía y se va de aquí, por otro parto, haciendo sufrir al amado que deja. Recuerdo el consejo dado por Jesús al viejo Nicodemo: “El que no nace de nuevo, no entra en el Reino de los Cielos”.
Hoy que está cerca mi hora de partida y me he vuelto una criatura, lo único que me consuela es recordar la enseñanza de Jesús: “si no se vuelven como niños, no entraran en el Reino de los Cielos”.
Te quiero hijo/a.
Tu padre, tu madre, tus abuelos…

Yapitas bíblicas:

“Hijo mío, cuida de tu padre cuando llegue a viejo; mientras viva, no le causes tristeza. Si se debilita su espíritu, aguántalo; no lo desprecies porque tú te sientes en la plenitud de tus fuerzas. El bien que hayas hecho a tu padre no será olvidado; se te tomará en cuenta como una reparación de tus pecados. En el momento de la adversidad será un punto a tu favor, y tus pecados se derretirán como hielo al sol” (Eclesiástico 3, 12-15).
Otros: (Eclo. 8, 6-9)  (25, 3-6). (41, 1-4).

“Cualquier semejanza con tu realidad es pura Diosidencia.” (dalugas@gmail.com).

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