Caritas Buenos Aires

Bocados de Ánimo: “Carta para Enrique” (Meditación – 28º semana)

Enrique miró en su buzón del correo, pero solo había una carta. La tomó y la miró con detenimiento antes de abrirla, no había sello postal del correo, solamente su nombre y dirección. La abrió con incertidumbre y leyó:

“Querido Enrique:

Me encontraré con vos, hoy en la tarde, simplemente pasaré a visitarte. Con amor, Jesús.”

Sus manos temblaban cuando puso la carta sobre la mesa.

“¿Porque querrá venir a visitarme el Señor?

No soy nadie en especial, no tengo nada que ofrecerle…”

Pensando en eso, Enrique recordó el vacío reinante en su alma, reflejados en los estantes de su cocina.

¡Ay no! ¡No tengo nada para ofrecerle!

¡Tendré que ir a comprar algo!

“Bueno, comprare algo de pan y alguna otra cosa que consiga”.

Se echó un abrigo encima y se apresuro a salir.

Con el dinero que tenía, alcanzó a comprar un cuarto de pan francés, un poco de fiambre y un cartón de leche… quedándole a Enrique solamente unos pesos que le deberían durar hasta el lunes.

Aun así se sintió bien camino a casa, con sus humildes ingredientes bajo el brazo.

Alguien dijo: “Oiga, joven, ¿nos puede ayudar?”

Enrique estaba tan absorto pensando en la visita que no vio las dos figuras que estaban de pie en la vereda. Un hombre y una mujer, los dos vestidos con poco mas que harapos.

“Mire, joven, no tengo empleo, mi mujer y yo hemos pasado la noche afuera en la calle, está haciendo frío, tenemos mucha hambre, y bueno, si usted nos puede ayudar, joven, estaríamos muy agradecidos…”

Enrique los miró con más cuidado. Pensó que ellos podrían obtener algún empleo si realmente quisieran… Y les dijo: “Señor, quisiera ayudarlos, pero yo mismo soy un hombre pobre. Todo lo que tengo son unas fetas de fiambre, pan y leche, pero tengo un huésped importante para esta tarde y planeaba servirle eso a Él.”

“Si, bueno, entiendo joven. Gracias de todos modos.”

El hombre puso su brazo alrededor de los hombros desnudos de la mujer y siguieron su camino. A medida que los veía alejarse, Enrique sintió un latido extraño y familiar a la vez en su corazón.

Les gritó: “¡Oigan, esperen!”

La pareja se detuvo, dándose vuelta, a medida que Enrique corría hacia ellos y los alcanzaba.

“Mire: ¿por que no toma esta comida? Algo se me ocurrirá para servir a mi invitado”, y extendió la mano con la bolsa de víveres.

“¡Gracias, joven, muchas gracias!”

“¡Si, gracias!”, dijo la mujer y Enrique pudo notar que estaba temblando de frío. “Sabe, tengo otro abrigo en casa. Tome este”, desabotonó su abrigo y lo deslizó sobre los hombros de la mujer. Y sonriendo, se volteó y regresó camino a casa… sin su abrigo y sin nada que servir a su invitado, luego de escuchar que le decían: “¡Gracias, joven, muchas gracias!”

Enrique estaba tiritando cuando llegó a la entrada de su casa. Ahora no tenia nada para ofrecerle al Señor.

Buscó rápidamente la llave en su bolsillo.

Mientras lo hacía notó que había otra carta en el buzón: “Que raro, el cartero no viene dos veces en un día.”

Tomó el sobre y lo abrió:

“Querido Enrique:

Que bueno fue volverte a ver. Gracias por la deliciosa comida, y gracias también por el hermoso abrigo.

Con amor, Jesús.”

El aire todavía estaba frío, pero aun sin su abrigo, Enrique no lo notó.

Yapitas bíblicas:

“Me dijo: Cornelio, tu oración ha sido escuchada y tus limosnas han sido recordadas ante Dios” (Hechos 10,31).

“No temas, pequeño rebaño, porque al Padre de ustedes le agradó darles el Reino. Vendan lo que tienen y repártanlo en limosnas. Háganse junto a Dios bolsas que no se rompen de viejas y reservas que no se acaban; allí no llega el ladrón, y no hay polilla que destroce. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Lucas 12,32-34).

Otro: (Eclesiástico 35,2-10).

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