Caritas Buenos Aires

Bocados de Ánimo: “El fuego y la amistad” (Meditación – 29º semana)

Un  hombre, que regularmente asistía a las reuniones de amigos, sin ningún aviso dejó de participar en sus actividades.

Después de algunas semanas, un amigo de aquel grupo decidió visitarlo.

Era  una noche muy fría. El amigo lo encontró en la casa, solo, sentado delante de la chimenea, donde ardía un fuego brillante y acogedor.

Adivinando la razón de la visita de su amigo, le dio la bienvenida, lo condujo a una silla grande cerca de la chimenea y se quedó quieto, esperando.

Se hizo un profundo silencio. Los dos hombres sólo contemplaban la danza de las llamas en torno a los troncos de leña que ardían.

Al cabo de algunos minutos, el visitante examinó las brasas que se formaron y cuidadosamente seleccionó una de ellas, la más incandescente de todas, empujándola hacia un costado.

Volvió entonces a sentarse, permaneciendo silencioso e inmóvil.

El anfitrión prestaba atención a todo, quieto y en sin hablar.

Al poco rato, la llama de la brasa solitaria disminuyó, hasta que sólo hubo un brillo momentáneo y su fuego se apagó de una vez.

En poco tiempo, lo que antes era una fiesta de calor y luz, ahora no pasaba de ser un negro, frío y  muerto pedazo de carbón recubierto de una espesa capa de ceniza grisácea.

Ninguna palabra había sido dicha desde el protocolar saludo inicial entre los dos amigos.

Antes de prepararse el visitante para partir, manipuló nuevamente el carbón frío e inútil, poniéndolo de nuevo en medio del fuego.

Casi inmediatamente se volvió a encender, alimentado por la luz y el calor de las brasas ardientes en torno a él.

Cuando alcanzó la puerta para salir, su anfitrión le dijo:

–  Gracias por tu visita y por el bellísimo sermón. Regresaré al grupo de amigos que tan bien me hace

Piedra libre a:

El amor es como el fuego; si no se comparte, se apaga.

A los miembros de un grupo vale recordarles que ellos forman parte de la llama, y que lejos del grupo pierden todo su brillo.

Nunca des explicaciones. Tus amigos no las necesitan y tus enemigos no te creerán.

Las personas dudarán de lo que dices, pero te creerán, por lo que haces.

Se tolerante con los demás, incluyéndote a ti mismo. Somos seres humanos  aprendiendo a vivir.

El silencio corre el riesgo de ser malinterpretado, pero nunca inoportuno.

Yapitas bíblicas:

“Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos, y son ustedes mis amigos si cumplen lo que les mando. Ya no les llamo servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre” (Juan 15,12-15).

“Compartí la debilidad de los inseguros, para ganar a los inseguros. Me he hecho todo para todos con el fin de salvar, por todos los medios, a algunos. Y todo lo hago por el Evangelio, porque quiero tener también mi parte de él” (1Corintios 9,22-23).

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