Caritas Buenos Aires

Bocados de Ánimo: “Ser Invisible” (Meditación – 53º semana)

Hoy me encontré con una mujer, llamada Marta que me contó que se sentía como la suegra de Pedro, con un bajón, y que ya no tenía ganas de servir. Buscamos juntos la cita que dice: “Al salir Jesús de la sinagoga fue a casa de Simón Pedro. La suegra de Simón Pedro estaba con fiebre muy alta, y le rogaron por ella. Jesús se inclinó hacia ella, dio una orden a la fiebre y ésta desapareció. Ella se levantó al instante y se puso a atenderlos” (Lc. 4,38-39).

Fue entonces que le conté esta historia:

Todo comenzó a ocurrir gradualmente. Entre a la habitación de mis hijos y les dije: “Apaguen el televisor, por favor”. Y nada ocurrió. Entonces dije más fuerte: “Apaguen el televisor ya, por favor”… Finalmente tuve que ir y apagar yo mismo la televisión.

¡Entonces comencé a entender!

Mi marido y yo estuvimos en una fiesta durante varias horas y yo lista para irme, me acerque a él, que estaba conversando con un compañero de trabajo y le dije que nos fuéramos y el siguió conversando. ¡El ni siquiera me respondió!

Fue ahí cuando me di cuenta… él no puede verme. ¡Soy invisible! ¡A partir de ese día lo empecé a notar más y más!

Lleve a mi hijo al colegio, y su señorita le preguntó: “¿Con quién haz venido?” y mi hijo respondió: “¡Con nadie!” El tiene tan solo 5 años, pero… ¿Con Nadie?

Una noche, estábamos entre amigas celebrando el regreso de Carla, una compañera que volvía de un viaje a Europa. Hablaba y contaba de los hoteles fabulosos en los que había estado. Yo estaba ahí sentada observando a las otras mujeres en la mesa. Me había maquillado en el auto, de camino. Me había puesto un vestido viejo, porque era lo único limpio que tenía. Tenía un rodete en la cabeza, así que me sentía realmente patética. De repente Carla se dirigió a mi, y me dijo: “Te traje esto”. Era un libro, de las grandes Catedrales de Europa. No comprendí. Lee la dedicatoria, me dijo. Entonces leí: “Con admiración, por la grandeza de lo que tú estás construyendo cuando nadie lo ve”.

Volví a casa con la curiosidad de leer mi libro. Buscando quienes habían construido las maravillosas obras, no pude encontrar entre sus páginas, a los autores que han construido las grandes Catedrales. Intente ubicar los nombres, pero decía: “Autor: anónimo… anónimo… anónimo…

¡Es decir que ellos terminaron sus obras sin saber que notarían su trabajo! – me dije.

Encontré una historia acerca de uno de los artistas que estaba tallando una pequeña ave en el interior de una viga, que luego sería cubierta por un techo. Alguien se le acercó y le preguntó: – ¿Por qué empleas tanto tiempo en realizar algo que nunca nadie verá?

– “Porque Dios lo ve”- respondió.

¡Es decir que ellos confiaron que Dios lo veía todo! – pensé.

Algunas de estas Catedrales llevaron más de 100 años en construirse; eso es más tiempo que toda la vida de trabajo de un hombre, día tras día.

Ellos entregaron toda su vida a un trabajo, un magnífico trabajo que jamás verán terminado.

Ellos trabajaron día tras día.

Ellos hicieron sacrificios personales, sin crédito a cambio, realizando un trabajo que nunca verán finalizado.

Una nota al pié de página llamó mi atención, en ella, un escritor se atrevió a decir: Es probable que ninguna “Gran Catedral”, jamás volverá a ser construida, por que muy poca gente está dispuesta a sacrificar su vida de esta forma.

Entonces recordé mi sensación, que se ha vuelto certeza, de ser invisible en mis tareas cotidianas y rutinarias como esposa, madre y futura abuela.

De repente, fue como si oyera a Dios decir: “Yo te veo. No eres invisible para mí. Ningún sacrificio es tan pequeño como para que yo no lo note. Veo cada torta que cocinas, cada plato de comida que haces y sonrío por todos.”

“Veo cada lágrima de decepción cuando las cosas no resultan de la manera que quieres que salgan. Pero recuerda: Estás construyendo una Gran Catedral que no será terminada durante tu vida. Seguramente no vivirás para verla allí, pero si la construyes bien, Yo lo haré.”

A partir de ese día, mi sensación de invisibilidad fue un punto de inflexión para mí, pero ya no es una enfermedad que se lleva mi vida, es la cura de la enfermedad de creerme imprescindible. Es el antídoto de mi propio orgullo y omnipotencia.

Ya no me preocupa que no lo noten, que no lo reconozcan, que lo den por supuesto.

Ya no espero que mi hijo le diga a sus amigos que trae del colegio a casa: “No pueden creer lo que hace mi mamá. Se levanta a las 5 de la mañana, nos hace tortas, nos cocina el almuerzo, y prepara el desayuno, para luego irse a trabajar y volver para hacer la cena.”

Más allá que haga o no esas cosas, no quiero que diga eso. Quiero que el venga a casa, y en segundo lugar, quiero que les diga a sus amigos: “La vamos a pasar bien en mi casa”.

Esta bien que no lo vean. No trabajamos para ellos, trabajamos para El. Nos sacrificamos para El en ellos.

Ellos nunca lo verán. A pesar de que hagamos lo correcto, a pesar de que lo hagamos bien.

Cuando terminé de relatarle la historia, Marta dijo: “Recemos para que nuestras obras se mantengan como monumentos para Dios”. Se levantó, me dio un abrazo y con una sonrisa volvió a sus tareas cotidianas.

Es agradable recibir el reconocimiento de nuestras obras, pero cuando no se da, es hora de padecer con paciencia los defectos ajenos. En esos momentos pensar que lo hacemos por amor a ellos y que Dios quiere tener la exclusividad de poder notarlo, esperar de Él el silencioso reconocimiento. Será un trato entre Dios y tu corazón que te llenará de gozo.

Otras veces enseñar al que no sabe a reconocer lo que otros hacen por nosotros pero sin referirnos a nuestras obras, sino hacia las de un tercero.

Yapitas bíblicas:

Llegue a entender las palabras de Jesús que tantas veces había oído:

“Tú, cuando ayudes a un necesitado, ni siquiera tu mano izquierda debe saber lo que hace la derecha: tu limosna quedará en secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará” (Mt. 6,3-4).

“Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que Dios les ha mandado, deberán decir: “Somos simples servidores prescindibles, hemos hecho lo que era nuestro deber” (Lc. 17,10).

“No hay nada escondido que no deba ser descubierto, ni nada tan secreto que no llegue a conocerse y salir a la luz” (Lc. 8,17).

Cuando dejé de mendigar el reconocimiento de ellos, que como un estado febril, me quitaba la alegría de servir, recobré el gozo de existir para Dios eternamente. (Eclesiástico 14,11-19).

“Cualquier semejanza con tu realidad es pura Diosidencia” (dalugas@gmail.com).

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