Caritas Buenos Aires

Bocados de Ánimo: “Canicas rojas” (Meditación – 35º semana)

Durante los duros años de la Revolución, en un pueblo pequeño, solía parar en el almacén de Salvador para comprar provisiones.

La comida y el dinero faltaban y el trueque se usaba mucho.

Un día en particular, Salvador me estaba empaquetando unas papas. De repente me fijé en un niño pequeño, delicado de cuerpo y aspecto, con ropa gastada, pero limpia, que miraba atentamente un cajón de peras frescas y maravillosas.

Pagué mis papas pero también me sentí atraído por el aspecto de las peras. ¡Me encanta el dulce de pera y las papas frescas! Admirándolas, no pude evitar escuchar la conversación entre Salvador y el niño.

«Hola Toño, ¿cómo estás hoy?»

«Hola Sr. Salvador. Estoy bien, gracias….. Solo admiraba las peras… se ven muy bien.»

«Sí, son muy buenas. ¿Cómo está tu mamá?»

«Bien. Cada vez más fuerte.»

« ¿Hay algo en que te pueda ayudar?»

«No Señor. Sólo admiraba las peras.»

« ¿Te gustaría llevar algunas a casa?»

«No Señor. No tengo con que pagarlas.»

«Bueno, ¿qué tienes para cambiar por ellas?

«Lo único que tengo es esto, mi canica más valiosa.»

« ¿De veras? ¿Me la dejas ver?»

«Acá está. ¡Es una joya!»

«Ya lo veo. El único problema es que ésta es azul y a mí me gustan las rojas. ¿Tienes alguna como esta, pero roja, en casa?»

«No exactamente, pero casi.»

«Hagamos una cosa. Llévate esta bolsa de peras a casa y la próxima vez que vengas muéstrame la canica roja que tienes.»

« ¡Claro!. Gracias Sr. Salvador.»

La esposa se me acercó y con una sonrisa me dijo: Hay dos niños más como él en nuestra comunidad, todos en situación muy pobre.  A Salvador le encanta hacer trueque con ellos por peras, manzanas, tomates, o lo que sea. Cuando vuelven con las canicas rojas, y siempre lo hacen, él decide que en realidad no le gusta tanto el rojo, y los manda a casa con otra bolsa de mercadería y la promesa de traer una canica color naranja o verde tal vez.»

Me fui del negocio sonriendo e impresionado con este hombre.

Un tiempo después me mudé a otra ciudad, pero nunca me olvidé de este hombre, los niños y los trueques entre ellos.

Pasaron varios años, cada uno más rápidamente que el anterior. Recientemente tuve la oportunidad de visitar unos amigos en aquel pueblo. Mientras estuve allí, me enteré que el almacenero, Salvador había muerto.

Esa noche sería su velorio y sabiendo que mis amigos querían ir, acepté acompañarlos.

Al llegar a la funeraria, nos pusimos en fila para conocer a los parientes del difunto y para ofrecer nuestro pésame.

Delante de nosotros en la fila, había tres hombres jóvenes.

Uno tenía puesto un uniforme militar y los otros dos unos lindos trajes oscuros con camisas blancas. Parecían profesionales.

Se acercaron a la viuda, quien se encontraba al lado de su difunto esposo, tranquila y con inmensa paz.

Cada uno de los hombres la abrazó, la besó, conversó brevemente con ella y luego se acercaron al ataúd.

Los ojos cafés llenos de lágrimas de la viuda, los siguió uno por uno, mientras cada uno tocaba con su mano cálida, la mano fría dentro del ataúd.

Cada uno se retiró de la funeraria limpiándose los ojos.  Llegó nuestro turno y al acercarme a la señora. le dije quién era y le recordé lo que me había contado años atrás sobre las canicas.

Con los ojos brillando, me tomó de la mano y me condujo al ataúd.

«Esos tres jóvenes que se acaban de ir son los tres chicos de los cuales te hablé. Me acaban de decir cuanto agradecían los «trueques» de Salvador.

Ahora que él no podía cambiar de parecer sobre el tamaño o color de las canicas, vinieron a pagar su deuda.

«Nunca hemos tenido riqueza» -me confió- «pero ahora Salvador se consideraría el hombre más rico del mundo.»

Con una ternura amorosa levantó los dedos sin vida de su esposo. Debajo de ellos había tres canicas rojas brillantes.

Piedra libre a: 

Sé agradecido con aquellos que hicieron algo por ti y pide a Dios por ellos, estén vivos o ya difuntos.

La mejor manera de honrarlos y recordarlos es imitarlos en tu vida.

No seremos recordados por nuestras palabras, sino por nuestras acciones.

La vida no se mide por cada aliento que tomamos, sino por las cosas que nos han quitado el aliento.

Dicen que toma un minuto encontrar a una persona especial, una hora para apreciarla, un día para amarla, pero una vida entera para olvidarla.

Consejos bíblicos:

“Cuando sea tiempo de cosechar, no lo hagas hasta la misma orilla del campo, ni recojas las espigas caídas. Tampoco rebusques en tus viñas, ni recojas de tus huertos las frutas caídas. Las dejarás al pobre y al forastero: ¡Yo soy tu Dios!” (Levítico 19,9-10).

Otros:  (Eclesiástico 11, 21-22)  (Santiago 3,17-18).

“Cualquier semejanza con tu realidad es pura Diosidencia.” (dalugas@gmail.com).

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