Caritas Buenos Aires

Bocados de Ánimo: “Reportandose” (Meditación – 38º semana)

El sacerdote estaba dando un recorrido por el templo, antes de cerrar, al pasar por el altar decidió quedarse cerca para ver quién ingresaba pues en ese momento se abrió la puerta; el sacerdote frunció el entrecejo al ver a un hombre acercándose por el pasillo; el hombre estaba sin afeitarse desde hacía varios días, vestía una camisa rasgada, tenía el abrigo gastado cuyos bordes se habían comenzado a deshilachar, se arrodilló, inclinó la cabeza, luego se levantó y se fue. Durante los siguientes días el mismo hombre, siempre al mediodía, entraba en la Iglesia cargando una mochila, se arrodillaba brevemente y luego volvía a salir.

Un poco temeroso, empezó a sospechar que se tratase de un ladrón que estudiaba el movimiento del templo a esa hora, por lo que un día se puso en la puerta de la Iglesia y cuando el hombre se disponía a salir le preguntó:

-“¿Qué haces aquí?”

El hombre dijo que trabajaba en la fábrica y teniendo media hora libre para el almuerzo, aprovechaba ese momento para orar: – “Sólo me quedo unos instantes, sabe, porque la fábrica queda un poco lejos, así que sólo me arrodillo y digo: “Señor, vine nuevamente para decirte cuán feliz me ha hecho conocerte y saber que me liberas de mis pecado! ¡No sé muy bien orar, pero pienso en Ti todos el día! ¡Así que Jesús, este es Mario, reportándose!”.

El cura sintiéndose un tonto, le dijo a Mario que estaba bien y que era bienvenido a la Iglesia cuando quisiera. Cuando Mario se retiró, el sacerdote se arrodilló ante el altar, sintió derretirse su corazón con la gran sencillez de Mario y sus ojos miraron la cruz, mientras lágrimas corrían por sus mejillas; en su corazón repetía la plegaría de Mario:

“¡Sólo vine para decirte, Señor, cuán feliz fui al encontrarte a través de semejante hermano y me liberaste de mi orgullo! ¡No sé muy bien como orar, pero pienso en ti todos los días! ¡Así que, Jesús, soy yo, un cura, reportándome!”.

Un día el Sacerdote notó que el viejo Mario no había venido. Los días siguieron pasando sin que volviese para orar. Continuaba ausente, por lo que el Sacerdote comenzó a preocuparse, hasta que fue a la fábrica a preguntar por él; allí le dijeron que  estaba enfermo, que pese a que los médicos estaban muy preocupados por su estado, todavía creían que tenía oportunidad de sobrevivir.

Se llegó hasta el hospital y al preguntar por Mario le indicaron la habitación del hombre que sonreía todo el tiempo y su alegría era contagiosa.

El sacerdote se acercó y la enfermera en jefe no podía entender porqué estaba tan feliz, ya que nunca había recibido ni flores, ni tarjetas, ni visitas.

Mientras Mario escuchaba “ningún amigo ha venido a visitarlo,  no tiene a dónde recurrir”, el viejo Mario dijo con una sonrisa: “La enfermera está equivocada!, pero ella no puede saber que todos los días, desde que llegué aquí, al mediodía, un querido amigo mío viene, se sienta junto a la cama, me toma de las manos, se inclina sobre mi y me dice: “¡Sólo vine para decirte Mario cuán feliz fui desde que encontré tu amistad y te liberé de tus pecados!, siempre me gustó oír tus oraciones, pienso en ti cada día… así que Mario, este es Jesús reportándose”.

Piedra libre a:

Visitar y cuidar a los enfermos que nos ofrecen la oportunidad de encontrarnos con Jesús y viceversa.

De Dios es del que menos hablamos entre las personas, pero el que más buscamos en la intimidad de las dificultades.

Cada vez que rezamos o visitamos a un enfermos, es la oportunidad de decirle a Jesús: Aquí estoy reportándome.”

Se han escuchado más oraciones sinceras en la cama de un enfermo, que en las millones de cadenas que circulan por internet.

Yapitas bíblicas:

“¿Cuándo te vimos enfermo y te visitamos?… Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño, lo hicieron conmigo.” (Mateo 25, 3940)

 “El hombre me dijo: “Daniel, toma en serio las palabras que te digo y mantente firme, he sido enviado hasta ti porque tú eres amado de Dios”. Cuando me hubo hablado así, pude ponerme de pie aunque seguía temblando. Luego añadió: “No tengas miedo, Daniel, porque desde el primer día en que intentaste hablarme y de humillarte ante la mirada de tu Dios, tus palabras fueron escuchadas y por eso vine yo en persona” (Daniel 10,11-12).

Otros: (Mateo 25, 31-46) (Mateo 6,5-8) (Romanos 10,9-13).

 “Cualquier semejanza con tu realidad es pura Diosidencia.” (dalugas@gmail.com).

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