Caritas Buenos Aires

Bocados de Ánimo: “El mendigo y el Papa” (Meditación – 40º semana)

         Un sacerdote se disponía a rezar en una de las parroquias de Roma cuando, al entrar, se encontró con un mendigo que le llamó mucho la atención. Después de observarlo durante un momento, el sacerdote se dio cuenta de que conocía a aquel hombre. Era un compañero del seminario, ordenado sacerdote el mismo día que él. Ahora mendigaba por las calles.
El cura, tras identificarse y saludarlo, escuchó de labios del mendigo cómo había perdido su fe y su vocación. Este quedó profundamente estremecido.
Al día siguiente el sacerdote tenía la oportunidad de asistir a la Misa privada del Papa al que podría saludar al final de la celebración, como suele ser la costumbre. Al llegar su turno sintió el impulso de arrodillarse ante el Santo Padre y pedir que rezara por su antiguo compañero de seminario, y le describió brevemente la situación al Papa.
Un día después el párroco recibió la invitación del Vaticano para cenar con el Papa, en la que solicitaba llevara consigo al mendigo de la parroquia. El sacerdote volvió a la parroquia y le comentó a su amigo el deseo del Papa. Una vez convencido el mendigo, lo llevó a la casa parroquial y le ofreció ropa y la oportunidad de asearse.
Ya en el Vaticano, después de la cena, el Papa indicó al sacerdote que los dejara solos, y pidió al mendigo que escuchara su confesión. El hombre, impresionado, le respondió que ya no era sacerdote, a lo que el Papa contestó: “una vez sacerdote, sacerdote siempre”. “Pero estoy fuera de mis facultades de presbítero”, insistió el mendigo. “Yo soy el obispo de Roma, me puedo encargar de eso”, dijo el Papa.
El hombre escuchó la confesión del Santo Padre y le pidió a su vez que escuchara su propia confesión. Después de ella lloró amargamente. Al final, el papa le preguntó en qué parroquia había estado mendigando, y lo designó asistente del párroco de la misma, y encargado de la atención a los mendigos.

Piedra libre a:

Cundo pensamos en vestir al desnudo lo primero que nos viene en mente es en la ropa, está bien, pero también debemos descubrir otros tipos de desnudes, como desvalorización, falta de autoestima, culpa o indignidad.

Devolver la dignidad que se creía perdida es una forma de vestir al desnudo.

Yapitas bíblicas:

 “¿Qué pasará, según ustedes, si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se extravía? ¿No dejará las noventa y nueve en los cerros para ir a buscar la extraviada? Y si logra encontrarla, yo les digo que ésta le dará más alegría que las noventa y nueve que no se extraviaron. Pasa lo mismo donde el Padre de ustedes, el Padre del Cielo: allá no quieren que se pierda ni tan sólo uno de estos pequeñitos” (Mateo 18,12-14).

Otros: (Santiago 5,19-20).  (Sabiduría 12, 18-19). (Isaías 58 7-9)

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